JORDI PUNTÍ El año pasado, un guía turístico de Sicilia publicó un librito que hizo fortuna entre los visitantes de la isla: La mafia contada a los turistas. Explicaba el autor, Augusto Cavadi, que lo había escrito porque estaba harto de responder siempre a las mismas preguntas. “¿Por qué todavía no hemos visto ningún tiroteo?”, “¿Los mafiosos matan a las mujeres y los sacerdotes?” Es cierto que la condición de turistas suele convertirnos en unos bobos a la caza del tópico, pero no es menos exacto que la mafia y la Cosa Nostra son uno de los principales argumentos para viajar a Sicilia. Sin ir más lejos, en Corleone, el pueblo de 12.000 habitantes en el centro de la isla que fue la cuna de Don Vito, se puede visitar el Museo AntiMafia.

No se puede negar que este perfil mítico de la mafia es atractivo, sobre todo gracias a la imagen difundida por cine y televisión, pero hay mejores formas de explorarlo. Una solución puede ser a través de las novelas de Leonardo Sciascia y el paisaje que emerge de ellas. Un crítico literario decía que la gran virtud de la literatura de Sciascia es que convirtió un lugar con historia –Sicilia– en un estado espiritual. Sus novelas, en especial las que tienen un aire policiaco, suelen partir de trasuntos mafiosos para ofrecer un retrato de la sociedad isleña. Son novelas en las que aparecen sicarios y bandoleros, pero también sacerdotes y abogados, políticos ansiosos por hacer carrera a cualquier precio, profesores y sabios que viven en su propia realidad, anclados en un tiempo que no pasa. Y, de fondo, un territorio que parece gastado por las palabras y las intrigas seculares: pueblos donde los poderosos mandan desde hace siglos, donde las apariencias y los chismes se convierten en juicio público…

“Lo cierto, mi querido amigo, es que Italia es un país tan curioso que cuando se empieza a luchar contra las mafias regionales es porque se ha instalado una nacional”, sentencia un personaje de A cada cual, lo suyo, la novela de Leonardo Sciascia. Podría referirse al país que maneja Berlusconi, pero la frase está escrita en 1966. El asesinato de un farmacéutico y un médico que estaban de caza sacuden a todo un pueblo. Un tímido profesor, amigo de las víctimas, se dedica a investigar silenciosamente quién hay detrás del crimen. Sus pasos le llevan a diversas partes de la isla, y así se abre ante nosotros ese paisaje árido y polvoriento, de árboles cadavéricos y campos recién cosechados, como si todo se impregnara del “silencio voraz” y el humor acre que destila la historia. Es un paisaje atávico, milenario, herencia de fenicios, árabes, griegos… Un paisaje que incita a la reflexión.

Sciascia suele inventarse los nombres de los pueblos de sus novelas, pero les atribuye monumentos y castillos de varios sitios que los hacen reconocibles. Así, en el pueblo donde se desarrolla la mayor parte de la historia de A cada cual, lo suyo se transparentan Agrigento, con su orden y sus templos helénicos, y la ciudad de Favara y su castillo de Chiaramonte. Hay que comprar un mapa, alquilar un coche y la ruta está servida.

En la misma región, 100 kilómetros al sur de Palermo, está Racalmuto, lugar donde nació Sciascia en 1921. Es un pueblo con solera, donde los caserones conviven con los palacios barrocos. Racalmuto quiere decir “pueblo muerto” en árabe. “Lo conozco tan profundamente”, escribió Sciascia, “sus cosas y su gente, su pasado, su forma de ser, su violencia y sus silencios…” Y así lo describe en A cada cual, lo suyo: “Era un bonito pueblo, armonioso, de calles rectas que desembocaban en una plaza íntegramente barroca”.

En la novela, como en la vida real de hoy en día, los asuntos regionales se discuten y se arreglan en Palermo, la capital, punto de encuentro de abogados y políticos. Sciascia vivió parte de su vida en esta ciudad portuaria, de luz blanca cuando le da el sol y refulgente cuando la barren “los cendales de siroco”. Una ciudad que parece vivir siempre en la hora de la siesta y que ofrece atractivos por descubrir, como las cúpulas rosadas de San Juan de los Eremitas o el viejo Café Mazzana.

Este café aparece en la novela de Sciascia travestido con el nombre de Café Romeris, “de puro estilo modernista, con grandes espejos ornados de calcomanías del león de la quina Bisleri y un baiser de serpent que desde la barra en la que estaba tallado parecía prolongar sus tentáculos hasta las patas de sillas y mesas”. El Mazzana, como el Romeris, son lugares ideales para discutir de política, de Sicilia como metáfora de casi todo, y no nos sorprendería que aquí Sciascia diera con algunas de sus frases más lapidarias. “Sicilia es esa tierra donde la mano izquierda no se fía de la derecha”, escribió en un cuento de El mar color de vino.

Uno tiene la impresión de que Sicilia es una isla aislada, de que el Gobierno italiano ha aprovechado su insularidad para convertirla en un parque temático del olvido, del pasado, como si quisiera conservar las condiciones sociales que hace décadas la convirtieron en un foco de emigrantes a EEUU y a Argentina. Al alejarse de las ciudades que marcan el paso –Palermo, Catania, Taormina, Siracusa, Messina–, uno se adentra en un paisaje de ficción, un territorio que parece imitar las descripciones que hacía Lampedusa en su Gatopardo: “Nunca un árbol, nunca una gota de agua, solo polvo y sol”.

El heredero literario de ese paisaje siciliano es Andrea Camilleri. Como los pueblos de Sciascia, los Montelusa y Vigata por donde se mueve el comisario Montalbano son una fabulación que resume el espíritu contencioso de la isla. Mar y desierto. Camilleri y Sciascia fueron buenos amigos, y hay quien ve rasgos de este último en el personaje de Montalbano.

En las novelas de Sciascia domina la razón, el peso de la justicia derrotado por la fatalidad del hombre; en cambio Camilleri afirma: “Sé mantener la razón durante 10 minutos, después me dejo llevar por la locura” Quizá todo es una cuestión geográfica: Camilleri nació frente al mar, en Porto Empedocle, y Sciascia lo hizo en un pueblo del interior que los árabes ya creían muerto. “Como Chagall, me gustaría atrapar esta tierra / en el inmóvil ojo del buey. / No un lento carrusel de imágenes, /una ristra de nostalgias: solo estas nubes cuajadas, / los cuervos que descienden lentos; / y los rastrojos quemados, los árboles ralos, / que se esculpen como filigranas”, escribió.

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